Antonio Cassano, el desgraciado millonario

El delantero italiano de 33 años de edad, que pasó por grandes equipos como el Real Madrid y el AC Milán, tuvo una infancia dura. Antonio Cassano fue abandonado por su padre y la pobreza se apoderó de su familia, que tuvo que salir adelante con gran esfuerzo.

Antonio Cassano

Así se define el delantero en su autobiografía. Talentoso dentro de la cancha, polémico fuera. Encarna al habilidoso indisciplinado, amado y odiado, que sin embargo siempre termina deslumbrando con su fútbol.

Antonio Cassano lleva el pasado clavado en la piel, como una picazón que ni el tiempo ni la distancia y tampoco la fortuna del presente han podido desterrar de su cuerpo. Desde aquellos años ruidosos entre las callecitas de uno de los barrios más violentos e inseguros de Bari, lo persiguen, incansables, la rebeldía y el amor por el fútbol. “Era habitual ver ambulancias y escuchar tiros”, cuenta en su autobiografía Lo digo todo, publicada en 2008. Allí ilustra por medio de anécdotas la historia de su vida, desdoblada según él en dos etapas falsamente diferentes: la de “desgraciado” y la de “millonario”. La primera corresponde a su juventud y va hasta su debut en la Primera del Bari. La última comprende su ciclo como futbolista profesional.

Fue, entre los millones de jóvenes excluidos que abundan el universo, un afortunado que acertó el tiro de gracia justo cuando el sistema se frotaba las manos para condenarlo. “Si no le hacía ese gol al Inter terminaba por convertirme en un ladrón”. Tenía 17 años al momento de aquella conquista, la edad en que varios de sus condiscípulos se entrampaban en las drogas, en las cárceles o en un tiroteo mortal. Esa tarde dejó en ridículo a los veteranos Cristian Panucci y Laurent Blanc, la dominó de taco, pasó entre medio de la pareja de centrales y definió ante el arquero. Iban 43 minutos del segundo tiempo y con ese gol su equipo derrotó al poderoso Inter. Yapa simbólica: el mismo club al que había amargado lo incorporó para esta temporada mediante un trueque inédito con el Milan, histórico enemigo, a cambio de Giampaolo Pazzini. Sin guardarle pudor a su pasado más reciente, dijo al momento de ser presentado: “Al fin llego al club del que siempre fui hincha”. Así camina Cassano por este fútbol que muchas veces se escandaliza ante casos como el suyo, como si encarnaran una amenaza contra un prototipo sumiso y silenciado por los réditos de un negocio millonario. A veces, claro, se excede. Esos excesos parieron las cassanatas, término acuñado por el entrenador Fabio Capello para identificar el largo listado de contratiempos que protagonizó el delantero.

A Cassano podrá acusárselo de indisciplina, pero no de hipocresía. Sus formas guardan una sinceridad brutal que lo lleva a juzgarse a sí mismo con el mismo rigor con que dispara contra terceros. “No debería haberme ido de la Roma. No debería haber firmado con el Real Madrid. Pero la tentación de jugar en ese equipo era muy grande”, reconoció en noviembre de 2006. Esa pifia, dejar su país por la odisea de sacarle brillo a su nombre en el equipo más suntuoso del planeta, quedó ratificada como tal en el libro en el que cuenta su vida. Es que en España volvió a cruzarse con Fabio Capello. Su compatriota toleró los abusos y el carácter inflamable del delantero hasta el día del estallo, cuando decidió no incluirlo en la lista de concentrados para un partido de Liga. La medida, en principio provisoria, se convirtió en aislamiento por la reacción del futbolista, que, sin rubores ni decoros, le gritó enfrente de sus compañeros: “Eres una mierda, en la Roma dí la cara por ti y ahora me pagas de esta manera”.

El fútbol estuvo cerca de cobrarle algunas de sus impertinencias. Al menos, le dio un tirón de orejas. En octubre del año pasado tuvieron que internarlo de urgencia a causa de un ictus isquémico. Los médicos determinaron que se debía a una disfunción cardíaca: entre operación y convalecencia estuvo fuera de las canchas durante cinco meses. “Tuve miedo de morir; pensé que nunca más podría volver a jugar”, se confesó ante los medios de su país. En ese intervalo recibió el llamado de algunos futbolistas del Barcelona y excompañeros del Real Madrid. Las palabras de Andrés Iniesta, por la emotiva respuesta que le ofreció al volante catalán, desdoblaron su carácter de tipo duro.

A pesar de la división que sugiere el protagonista, “llevo 17 años como desgraciado y nueve como millonario, me faltan ocho para igualar (Lo digo todo, 2008)”, es imposible desmontar a Cassano y tomarlo así, de a partes, prescindiendo de un todo cuyo fundamento es, justamente, ser y no ser, aunque esto proponga una violación a las leyes de la lógica argumental. Cassano es el que abandona la concentración del equipo italiano Sub 21 por no tolerar ir al banco de suplentes, y el mismo que unos años más tarde se convierte en el puntal de un Milan que le ofrece resistencia al reinado compartido del Barcelona y el Real Madrid. Es el 10 de su selección, que llegó a la final de la última Eurocopa exhibiendo un juego novedoso, elogiado por la prensa mundial por romper con el ADN clásico de la Azzurra. Antes del partido final contra España (goleada 4 a 0 del campeón del mundo) el delantero pasó factura por la mirada hostil que le ofreció la prensa de aquel país durante su estadía en el Real Madrid: “En España me llamaban gordo, no me apreciaban. Estoy dispuesto a poner las cosas en su lugar esta misma noche”. Está claro: el desgraciado y el millonario, ya sin comillas, como definiciones metafóricas de un personaje lanzado en una carrera contra su pasado. Ese pasado que ya lo alcanzó, que nunca lo abandonó, que lleva clavado en la piel.

Fuente: http://www.elgrafico.com.ar/2012/09/14/C-4482-antonio-cassano-el-desgraciado-millonario.php

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